martes, 22 de mayo de 2007

La felicidad de Winnie

Existe un tiempo que no pasa, sino que se acumula. Se apila hasta formar un montículo de hierba reseca que nos atrapa. Primero por la cintura y luego nos llega hasta el cuello hasta el punto que apenas nos deja retroceder la mirada.
Existe un espacio que nos ciega. Un horno de luz infernal que nos asfixia. Un paisaje plano y un cielo rojo que nos deslumbra. Es el escenario de la vida, o al menos el que nos muestra Samuel Beckett en Los días felices. Pero en el centro de ese escenario hay una mujer, Winnie, que no solo trata de sobrevivir, sino que se considera, o al menos se manifiesta, día a día feliz. ¿Una mentira? ¿Un autoengaño sin sentido? Cualquiera de las dos cosas o ambas, son posibles. O acaso ninguna de ellas.

Los días, marcados por la estridencia de un sonido infame, transcurren, y Winnie sobrevive arropada por rutinas insignificantes, rodeada de objetos más que comunes que no cesa de utilizar o de observar. Al alcance de su mano, hay también un revolver que le permitiría poner punto final al sufrimiento de su existir. Pero Winnie prefiere seguir con vida. La presencia de otro ser sobre el escenario le salva.

Aunque apenas alcance a verlo, aunque solo se presente en ocasiones, Winnie puede compartir con él ciertas cosas: las noticias de un periódico, una postal seguramente pornográfica que logra excitar viejas pasiones, unos pelos de no se sabe que zona del cuerpo que convendría cepillar, la sorpresa de una hormiguita reproduciéndose. Una presencia, que es todo lo que necesita la protagonista para seguir viva y mostrarse feliz. A Winnie, que se siente como absorbida por la tierra, le hubiera gustado volar, pero nunca pudo. Le hubiera gustado que su macho hubiera sido capaz de ascender por su montículo, pero sabe que él ya no puede, pues no es el gateador de antaño. Por eso concluye el primer día siendo feliz, a pesar de todo. Pero sin poder cantar, solo rezando.

En el breve segundo acto, Winnie, con la mirada fija al frente, hace un repaso de su vida. Con un discurso entrecortado, lleno de pausas y gestos de reproche. Piensa que su memoria está en vías de extinción pero aún está a tiempo de recordar momentos amargos. Al final todo queda abierto, el hombre trata de ascender de nuevo hacia la mujer, no se sabe muy bien si para abrazarla o para conseguir el revolver, y acaba por decir su nombre: Winnie. Es la única palabra que pronuncia en el segundo acto. La mujer se sorprende, se siente reconocida, se regocija al repetir exclamando su propio nombre y rompe a cantar una canción de amor. Para ella es un día feliz, sin duda.

2 comentaron:

Arantza dijo...

No hay mentira, más bien un buen conformar. Winnie, con lo que tiene, con lo que le ha tocado, puede hacer muchas cosas, quemarlas, despreciarlas o utilizarlas para soportar la existencia. Es su elección.
Tampoco es un autoengaño sin sentido. Es inteligencia consentida. El hecho de que la situación parezaca inamovible no es motivo para abandonar el esfuerzo de vivir. La pulsión de vida es muy fuerte.

Anónimo dijo...

El error de Winnie es precisamente su conformidad. ¿Esa forma de actuar no le evita sufrimientos?
¿Si no se conformase, vería su realidad y podría modificarla?
¿Por qué si lo consiguiera, aun con un alto coste, no dudaríamos en considerar su felicidad legítima?